Intervención del presidente de la Xunta en la ceremonia de entrega de las Medallas de Galicia 2026

Santiago de Compostela, 24 de julio de 2026

Galardonadas y sus familias, gracias por estar aquí,

Presidente del Parlamento de Galicia,

Delegado del Gobierno en Galicia,

Alcaldesa de Santiago de Compostela,

General jefe del mando de apoyo a la maniobra,

Embajador de España en Portugal,

Arzobispo de Santiago de Compostela,

Conselleiros y conselleiras,

Miembros de la mesa del Parlamento de Galicia,

Vocal del Consejo General del Poder Judicial,

Fiscala superior de Galicia,

Valedora do Pobo,

presidenta y presidente de los órganos estatutarios gallegos,

Presidentes de las Autoridades Portuarias,

Portavoces del Grupo Parlamentario Popular y del Grupo Mixto, y parlamentarios de la Cámara autonómica, del Congreso, del Senado y del Parlamento Europeo,

Presidentes de las Diputaciones de Ourense y Pontevedra,

Rectoras de las Universidades de Santiago y Vigo,

Presidente de la Real Academia Galega,

Representantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad,

Cuerpo Consular acreditado en Galicia,

Autoridades militares,

Alcaldes y alcaldesas y concejales y concejalas de los municipios gallegos,

Representantes de los empresarios y de los trabajadores,

Autoridades y representaciones,

Señoras y señores,

Entre la Galicia del "Este vaise i aquel vaise / e todos, todos se van" a la que cantó Rosalía y la Galicia que gana cada año más de 30.000 nuevos vecinos transcurren 160 años. Siglo y medio que explica la esencia de una tierra marcada por la emigración, primero en un sentido, después en el otro y en muchos casos emigración de ida y vuelta.

¿Cómo podría explicarse, sin su diáspora, la Historia de un pueblo cuyo himno nació al otro lado del Atlántico? La primera vez que cada gallego se pregunta "Que din os rumorosos na costa verdecente?", la primera vez que sonó la partitura compuesta por Pascual Veiga para el poema de Eduardo Pondal, fue a 7000 kilómetros de aquí, en el Centro Galego de La Habana.

Es evidentísima, patente y estamos muy orgullosos de la huella que dejó la emigración en la identidad gallega.

La emigración lo marcó todo. Marcó nuestra literatura. Curros Enríquez, Ramón Cabanillas, Blanco Amor y muchos más fueron poetas y narradores en la emigración. Las Letras Galegas del año que viene reconocerán al autor de algunas de las mejores líneas sobre lo que significa nuestra emigración: Xosé Neira Vilas.

La emigración marcó también nuestras villas y ciudades. Emigrantes fueron José García Barbón y Policarpo Sanz, grandes mecenas de la ciudad de Vigo. Emigrantes fueron los que financiaron y construyeron escuelas, casas indianas y centenares de servicios públicos en una época en la que Galicia precisaba de todo eso.

La emigración marcó nuestra economía. La empresa cervecera que lleva el nombre de Galicia por todo el mundo nace de los ahorros y el conocimiento que ganó José María Rivera en Cuba y México. Y desde América llegó el impulso para muchas conserveras, para el ferrocarril, para muchas industrias en una tierra sobrada de talento pero necesitada de capital.

Y la emigración marcó, por supuesto, a tantos miles de familias, tanto por los que marcharon como por los que quedaron y pudieron estudiar y prosperar aquí en Galicia gracias al esfuerzo de los que estaban fuera.

La Galicia exterior acogió las ansias de libertad cuando aquí estaban reprimidas. Fue en Buenos Aires donde Castelao pronunció ese esperanzador discurso Alba de Gloria, prólogo de una autonomía que nuestra comunidad ganó décadas después.

Por eso, en la Galicia de hoy ya cabemos todos. Sean cuales sean nuestras ideas, nuestros sueños o nuestros proyectos de futuro.

No se trata de idealizar, ni desde luego pretendo, nuestro pasado emigrante ni las tristes razones que llevaron a él. Fueron muchas las lágrimas derramadas en las estaciones de tren y en los muelles, en las despedidas, como nos recuerda la famosísima fotografía de Manuel Ferrol.

De lo que se trata, y es una obligación para todos nosotros, es de valorar y nunca olvidar todo lo que lograron los cientos de miles de gallegos que tomaron el camino de la emigración.

En estos días se proyecta una nueva versión de la Odisea. Probablemente mucha gente vuelva a emocionarse con la historia del regreso de Ulises a Ítaca tras 20 años fuera de casa.

Galicia también tiene su propia Odisea. El relato que componen miles de partidas y regresos, de promesas y renuncias, de nombres y apellidos algunos famosos, y muchos, la inmensa mayoría, anónimos. En la diáspora se escribieron algunas de las grandes páginas de nuestra Historia que siempre van a permanecer.

La diáspora supuso grandes triunfos, de personas que ganaron el reconocimiento y admiración tanto en Galicia como en sus países de acogida. También hubo muchas decepciones, muchas derrotas y muchos sueños incumplidos. Muchos gallegos volvieron con dinero y con muchas cosas, pero también hubo otros muchos gallegos que se quedaron allá o que volvieron más flacos, sin dinero y con el alma desgastada. Todos, los que tuvieron éxito y los que no, son hijos de esta tierra, y, por lo tanto, todos merecen ser recordados. Sus biografías entrelazadas le dan sentido a lo que fue y a lo que tiene que ser nuestro pueblo.

Hoy en día, decir "Galicia" significa algo en prácticamente todos los lugares del mundo. El nombre de nuestra tierra se identifica como sinónimo de trabajo duro, de lealtad a la palabra dada y también de arraigo en los sitios donde fueron acogidos.

Con el cuerpo lejos de su patria, pero la cabeza, el corazón y el alma siempre muy cerca de aquí, la diáspora gallega mantuvo encendida la antorcha de la galleguidad allá donde fue.

Y en esa Galicia que estaba fuera de Galicia, en esa Galicia construida sobre esa tupida red de apoyos mutuos, fue donde se criaron las cuatro gallegas que homenajeamos hoy y, a través de ellas, a tantas y tantas mujeres. Son cuatro historias, son una pequeña muestra, una magnífica muestra, de otras muchas historias más, anónimas, que inspiran en nosotros, estoy seguro, un orgullo inmenso.

La Medalla para Claudia Álvarez reconoce su liderazgo empresarial y el compromiso con la sociedad. Su familia, en la Argentina, fue una de las muchas sagas de gallegos que emprendió en el ámbito de la hostelería en su país de acogida. Aún hoy son muchos los hoteles, en toda América y en otros muchos lugares, que llevan en su nombre un trozo, un recuerdo, una referencia a Galicia.

La Medalla para Carla Angola es un premio a la defensa de los principios democráticos en un país y en un continente que necesitan especialmente de ese compromiso. La misma causa de la libertad que llevó a su familia a marchar de Galicia a América es ahora la que defiende Carla desde Miami, cuando dejó de poder hacerlo en su Venezuela natal.

La Medalla para Camila Fernández representa la excelencia profesional que demostraron, desde condiciones, ella misma lo decía, muy difíciles, tantos y tantos gallegos en su día a día. Ese ascensor social a base de esfuerzo. Aquí y en el exterior. Y, desde Brasil, Camila destaca por su actividad asistencial, científica y académica, y además por la labor que desempeñó como presidenta de la Asociación de Empresarios Gallegos en Río de Janeiro.

La Medalla para Beatriz Gil es testigo de la vocación de servicio público que tienen los gallegos; los de aquí y los que están en el exterior. Fiscal jefa de Menores en el cantón suizo de Argovia y miembro muy activo de la colectividad gallega en Zúrich, esas dos almas que fue capaz de explicar tan bien desde el atril, encarnan a la perfección ese doble vínculo: con la tierra de la que salieron sus padres y con la tierra con la que ella escogió comprometerse sin olvidar la tierra de sus padres y su propia tierra que es esta.

Son cuatro trayectorias distintas con un denominador común: Galicia. Acaban de conocerse, hace pocas horas, y parecería que todas cuentan la misma historia, que se conocen hace muchísimo tiempo.

Nacieron en el exterior, las cuatro. En el exterior vivieron la mayor parte de su vida y en el exterior desarrollaron sus carreras, sus trayectorias, pero jamás dejaron de sentirse parte del pueblo gallego. Nuestra identidad no entiende de kilómetros; entiende de valores, de memorias y de afectos.

Estas Medallas de Oro de Galicia saldan una deuda histórica con miles de mujeres de la emigración que abrieron caminos para las generaciones siguientes. La diáspora gallega también fue femenina, especialmente, pues ellas fueron quienes sostuvieron familias, comunidades, empresas y entidades gallegas por todo el mundo. Nuestra alma.

Este reconocimiento, el mayor que concede Galicia, para Claudia, para Carla, para Camila y para Beatriz, lo es también para todas aquellas mujeres anónimas que llevaron, llevan y llevarán el acento gallego por el mundo entero.

Hoy miramos a la Galicia exterior no con nostalgia, sino con ilusión y con ambición. Y con mucho orgullo. Es uno de los grandes patrimonios que tenemos como pueblo, y muy pocos pueblos pueden decir lo mismo.

Los que están fuera y quieren volver, saben que tienen las puertas de su tierra siempre abiertas, por supuesto; es una obligación para todos nosotros. Desde la puesta en marcha de la Estrategia Retorna, ya hubo más de 50.000 gallegos y gallegas, de toda condición, que decidieron tomar el camino de vuelta a su tierra.

Y los que están fuera y quieren seguir allá porque tienen sus vidas pero no olvidan sus raíces, seguirán conformando esa red oficiosa de embajadores que sería la envidia de cualquier servicio diplomático del mundo; y está aquí el embajador de España en Portugal. Contar con esa presencia institucional reforzada abre muchísimas puertas, desde el sentimiento, y volveremos a demostrarlo con la nueva sede de la Xunta de Galicia en Buenos Aires en pocos meses.

En un concierto internacional tan marcado en este momento por bravuconadas, por el uso de la fuerza, Galicia tiene que seguir persuadiendo con su poder, el que tenemos: el de los argumentos, la humildad, trabajo... el sentidiño, en definitiva.

Hay un poco de Galicia en cualquier parte del mundo, y también hay mucho de muchas partes del mundo en Galicia. Desde 2009, llegaron aquí 170.000 personas más de las que se marcharon. 170.000 personas que llegaron aquí buscando una vida mejor, como los gallegos hace mucho tiempo. Una vida mejor que sus padres, sus abuelos o sus bisabuelos.

Por lo tanto, debemos ofrecerles, es una obligación de todos y cada uno de nosotros, lo que en tantos países recibimos nosotros, nos ofrecieron: oportunidades, respeto y convivencia. Y, por supuesto, debemos exigir lo que también exigieron a tantos emigrantes cuando llegaron a sus países de acogida: integración, esfuerzo, honradez y voluntad de arraigo.

Igual que hoy hay gallegos de Düsseldorf o de Río de Janeiro, o de Zúrich o de cualquier lugar de Argentina o de Venezuela, habrá también, ya hay, uruguayos de Santiago o peruanos de Lugo que viven con dos almas. Estas identidades mestizas son el mejor testimonio, y lo tienen que seguir siendo, de una Galicia abierta que contribuye a hacer del mundo un lugar mejor. Porque sabemos perfectamente de lo que estamos hablando; lo vivimos.

Los gallegos de aquí y los de allá seguiremos trabajando para seguir construyendo, porque es una tarea inacabada, esa Galicia universal de la que forman parte, como magnífico ejemplo, las cuatro premiadas de hoy.

Como ese Ulises de la Odisea, los gallegos demostramos que nuestra Ítaca gallega nunca se olvida. Que siempre queremos volver a ella, siempre vamos a seguir queriendo volver, y que, vaya a donde vaya cualquier gallego, cualquier emigrante, siempre llevará un poco de la Galicia universal con él.

Por lo tanto, muchísimas gracias a las cuatro premiadas. Sois un orgullo. Aquí está la Galicia de aquí y la de fuera.

Muchísimas gracias.

Fecha de actualización: 24/07/2026